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editorial



























Creer en nuestra industria

La entidad que tengo el privilegio de presidir lleva más de treinta años trabajando al servicio de la industria catalana. Nuestra misión ha sido siempre la de ayudar a esta industria a ser más competitiva a través de la formación, la tecnología y la innovación. A lo largo de estos años, nuestros servicios y actividades se han ido sofisticando en la medida en que también lo ha hecho la demanda empresarial. La industria actual ya no son sólo ni preferentemente grandes plantas manufactureras y producciones de gran volumen y bajo coste. Nuestra industria son, cada vez más, ordenadores, laboratorios, conocimiento, tecnología... Así, nuestra actividad de I+D ha ido ganando en volumen, medios, complejidad e interdisciplinariedad, pero hemos intentado que nunca perdiera la orientación industrial y aplicativa. Más de cuatrocientas empresas utilizan nuestros servicios de manera habitual, y con una buena parte de ellas mantenemos estrechos lazos de colaboración a largo plazo.

Esta mezcla entre actividades de I+D y el contacto permanente con las empresas de nuestro país nos otorga una privilegiada visión de conjunto sobre la actual situación y el futuro de nuestra industria, que me permito compartir con ustedes.

La buena noticia es que seguimos teniendo buenos empresarios y empresarias. Posiblemente pasan desapercibidos, no son noticia y son menos de los que deberían ser, pero seguimos contando entre nuestros ciudadanos con un importante contingente de personas emprendedoras, trabajadoras y preparadas y con una clara vocación empresarial e industrial. Y esto, créanme, es un factor diferencial de valor incalculable del cual deberíamos sentirnos orgullosos.

Sin embargo, desarrollar actividades industriales en nuestro país no es nada fácil. Después de una época en la que se creyó que la iniciativa privada de nuestros industriales era tan fuerte que no necesitaba ser apoyada, pasamos a otra etapa en la que hacer industria era poco moderno, molesto y, además, poco rentable en comparación con otras actividades que a todos nos vienen a la cabeza. De esta última etapa no hemos salido por convicción propia, sino porque la crisis nos ha demostrado, con dramática nitidez, que nos estábamos equivocando.

Estos años produjeron mucho desánimo entre los empresarios industriales, una pérdida de oficios vinculados a estas actividades, escaso relevo generacional en las empresas, y todo ello acompañado del incremento de costes y de trabas administrativas y burocráticas, además de la falta de infraestructuras que facilitasen la competitividad de nuestras empresas. Mientras nuestros políticos se vanagloriaban de los logros económicos conseguidos, calificados en muchos casos como el “milagro de la economía española”, otros países no dejaban de hacer los deberes, luchando por mejorar la competitividad de su industria y esforzándose por mantener grandes empresas industriales, con plena capacidad de decisión, en sectores estratégicos. Así, no es de extrañar que el peso de la industria en nuestro PIB sea sólo de un 11,5%, 8,5 puntos inferior a la media de la zona euro y bajando a un ritmo de un 1,5% anual. Lo que ha pasado después, la crisis, ha puesto de manifiesto que los milagros no existen (o, por lo menos, no se dan con frecuencia) y que, además, aquellos países que mantienen una sólida estructura industrial saldrán antes y mejor del bache.

Ahora, nuestras autoridades hablan de la necesidad de cambiar de modelo de crecimiento y de modelo productivo. De acuerdo; pero estos cambios no se improvisan y no se hacen de hoy para mañana. Requieren de un profundo convencimiento por parte de todos y de la suficiente visión estratégica y liderazgo por parte de nuestros dirigentes, para definir y aplicar medidas a largo plazo. De todo lo anterior, lo siento, pero no vamos sobrados.

Por mucho que se ha hablado de ello, no se ha conseguido que la financiación requerida llegue con intensidad razonable a la industria, y hoy muchas empresas con un volumen de actividad considerable siguen sufriendo estrangulamientos financieros que pueden acabar con su subsistencia.

Por otra parte, si algo puede aportar competitividad a nuestra industria es la innovación tecnológica y la no tecnológica. Sin embargo, los Presupuestos Generales del Estado para el año 2010 reflejan unos recortes espectaculares en las subvenciones a la I+D. Supongo que es extremadamente difícil cuadrar unos presupuestos en la situación actual, porque debe de haber muchas necesidades, prioridades y compromisos que atender. Sin embargo, es precisamente en estos momentos cuando se ha de demostrar el convencimiento al que me refería antes y tomar decisiones que, sin duda, son difíciles.

Además, el poco dinero destinado a I+D debería utilizarse mejor. Es importantísimo, indispensable, seguir generando conocimiento científico y tecnológico de primer nivel, pero también lo es destinar recursos a la transferencia de este conocimiento hacia el entorno productivo y a la valorización y explotación adecuada del mismo. Solo de esta manera conseguiremos un retorno de la inversión realizada.

Lamentablemente, y aparte de la de los científicos y de la de los centros tecnológicos, se han oído muy pocas voces en contra de estos recortes presupuestarios. Modestamente, creo que nuestras organizaciones patronales y, por qué no, también nuestros sindicatos deberían ser más combativos en este tema.

Nos estamos jugando el futuro de nuestra industria, y si no somos capaces de aprovechar las circunstancias actuales para poner en marcha medidas que faciliten la actividad de las empresas, para que dispongan de financiación razonable y para que incrementen sus capacidades innovadoras, la brecha respecto a otros países y regiones del mundo será, después de esta crisis, mucho más grande.












Antoni

Antoni Peñarroya
Presidente de la Fundación Privada
Ascamm Centro Tecnológico